La producción técnica de objetos y máquinas ha hecho una hendidura en la historia natural del mundo. Alguna vez hubo y aún podemos imaginarlo, una realidad que se daba sin la mediación de los artefactos. Un mundo en el que lo que había era crecimiento de lo vivo y desplazamie to de la materia. Lejana en el tiempo, muy lejana, queda la imagen de un paisaje indómito del que no formamos parte, pues nosotros habitamos en la hendidura.
Nuestra mirada antropocéntrica ve la historia dividida entre lo natural y lo artificial. Y se trata precisamente de la historia, es decir, de aquello que tiene que ver con el tiempo más que con el espacio, porque lo importante
no ha sido decidir qué partes de lo real permanecen incólumes frente al artefacto (¿hay todavía tierra inmaculada?), sino de decidir que, desde que somos, nuestro estar en el mundo es habitar la hendidura hecha sobre lo natural.
Fundación del tiempo de la máquina-instrumento-artefacto y apertura de otro modo de ser del espacio: la alteración. La realidad deviene otra. No significa que devenga nuestra, sin embargo. El fantasma del control y del dominio, vía la técnica, arriba mucho después.
Nuestra visión del mundo, aunque a veces lo olvidemos, está intrínsecamente ligada a los aparatos. La idea que nos vamos haciendo de la realidad tiene que ver con ellos, aunque luego pretendamos que es el puro conocimiento el que nos presenta lo verda dero. Incluso en su alcance especulativo, está coligado al artefacto porque depende de la visión del mundo, de la concepción de lo real que se va representando en cada caso, y estas visiones –cosmovisiones, habría que decir–, no son autónomas, no se generan en el frenesí del pensamiento que se colma a sí mismo, sino desde el habitar prácticamente el mundo; esto es, desde el contacto manual que hacemos con la vida y con la materia, hasta el modo en que las alteramos con nuestros dispositivos. En estos se juega, entonces, la realidad como hendidura. La imagen del mundo está atravesada por las manos y las máquinas, que son modos de alterar, es decir, de producir lo real.
Con los dispositivos, vemos. Inventamos la mirada a través de la máquina. La luz, las estrellas, las esferas celestes, el cosmos, todo aparece en los artefactos de visualización. Del prisma a la cámara oscura, del número a la geometría, son muchos los dispositivos con los que a lo largo del tiempo nos hemos hecho nuestros propios ojos, que son, ya desde siempre, alteración prostética: no ha habido un ojo desnudo.
El ojo y la luz, el espacio y el tiempo tienen un relato común y se transforman, por tanto, mutuamente. La luz es abierta en colores, luego atrapada y fijada en la materia, después cinéticamente modificada. Es también convertida en artificio con el que construimos nuestra memoria, narramos nuestros pasos, hacemos de este mundo un espectáculo lumínico. El ojo no es el correlato de la luz, sino lo que se refigura continuamente atendiendo a posiciones perceptivas múltiples. Hay un ojo invertido, alterado a través de lentes y cristales que lo redoblan
sin duplicarlo.
El relato de los entrecruzamientos de ojo y luz, espacio y tiempo, es también la arqueología de las máquinas. Éstas se pueden desmontar pieza a pieza y mostrar en su complejo armamento la historia de nuestras visiones del mundo. Hay artefactos olvidados y otros que persisten, hay maneras de investigar que han sido relegadas en aras de mayor efectividad en la generación del conocimiento tecnocientífico. Mas se puede transitar por el borde la periferia, dejarse alterar la conciencia.
Hay una alteración constante que ocurre a nivel material, psíquico, cognitivo, espiritual y aun biológico. Los artefactos atraviesan eso y lo modifican, por tanto hay que darles realidad e intentar, aunque sea ficticiamente (¿cómo podría ser de otro modo, cómo escapar del reino de la ficción si termina siendo el reino de este mundo?), vislumbrar el relato de nuestro trazo desde la alteración artefactual. El relato es el mundo, pues no hay diferencia entre el trazo maquínico que altera y una pretendida otredad. ¿Cuál es el fantasma de lo real?, ¿cómo se le disuelve, cómo se le hace aparecer?
La mirada afectada observa a través de la máquina, observa lo que la máquina genera como realidad, como imagen-icono, como representación de lo que hay. El método estandarizado de los aparatos de visualización es también el aplanamiento en la producción de imágenes. ¿Qué es lo que se ve?, ¿cuántos dispositivos igualitarios en su fuerza de reproducción-semejanza-reinvención?
Hay que resistir, no obstante, porque la historia de los artefactos, de la producción técnica del mundo, ni es inocente ni se da solamente en la fascinación primera de tratar de investigar qué es lo que hay. Las máquinas se homogeneizan, se produce un tipo de imagen, se enseña a la mirada a ajustarse a lo que cabe dentro del marco. La época de las pantallas ubicuas es también la reducción de las posibilida desde percepción: se ve lo mismo en lo mismo.
Hay igualmente la máquina del control y la explotación. No tiene límite visible en su ansia de dominar el amplio espectro de lo real. Este modo de ser de lo maquínico se reduce a su finalidad, a su instrumentalización simple, apocada y se adapta sin más a la fórmula del útil para conseguir un fin. Para nuestros fines y deseos complicadísimos en la explotación técnica del planeta, las máquinas, artefactos y dispositivos empleados emulan también tal grado de complejidad. Que la máquina sea una con el deseo, que sea una con la cosmovisión.
Hay que resistir, no obstante. Producir lo irreal. Recomponer la máquina del deseo. Retrazar el cruce del ojo y la luz, el espacio y el tiempo. Hay que alterar.
La alteración emerge de flujos, energías, fuerzas, imágenes rotas, dislocación de aparatos. Aquí la mano opera todavía como herramienta de fabricación, aquí la mano experimenta todavía la resistencia de la materia: manufacturar las máquinas, desde una incisión de la mente sobre pilas de saber acumulado sin jerarquías, de saber arreba- tado a milenios y repentinamente alterado. Nada de esto ocurre en la instantaneidad, pues es un proceso infinito, un viaje que no ha sido ni ascenso ni descenso, pura sinuosidad sin límite, sin figura, vertiginosidad voraz que se arroja y se pierde: la discursividad.
Nada de lo humano se produce sin un estado previo de alteración, a partir del cual algo comienza a tomar forma. Los procesos abiertos, inciertos, disímiles, a partir de los que la conciencia transita para traer algo a la presencia, son insospechados. Se puede hablar de método, incluso de metodologías –artísticas, científicas, tecnológicas– pero con eso no se alcanzaría a nombrar la complejidad de lo que ocurre en el mundo interior cuando trata de vislumbrar lo imposible.
Enrique Rosas es él mismo un proceso de alteración de conciencia. Su intrincadísima búsqueda lo ha llevado a territorios de tiempos arcaicos y cibernéticos, de mitologías reinterpretadas a la luz de la tecno logía, de experimentación directa con los cuerpos, con la tierra, con el recuerdo, con un campo inasible de lo real, con algo que está aún por-venir, un modo de ser maquínico y artefactual donde la máquina misma llega a ser lo que ella misma no es: reinvención y alteración desde la entraña; fabricación del universo.
Este proceso hay que abrirlo, hay que dejarlo ver. Esa acción casi imposible: penetrar la cabeza para imaginarse –porque no puede ser más que un acto de la fantasía–, cómo surge en un arrebato la ansiedad de inventar.
Esta ansiedad se inserta en la pregunta de cómo es que algo llega a ser lo que es. La máquina aparece entonces como dintel, como un sitio no decidido, no decidible, que opera como límite, como una imperceptible línea espacio-temporal en la que ocurre el surgimiento de algo, su formación.
Adquirir forma, venir a ser, es algo que no se puede simplemente nombrar o enumerar. Se trata más bien de asistir al momento en el que convergen condiciones disímiles desde las cuales algo de repente emerge. Esas condiciones ni son siempre las mismas, ni atienden a los mismos órdenes. Son tan plurales como las cosas y sus circunstancias.
Se puede inventar, sin embargo, trayectos para sal tar, puntos de visibilidad, tejidos con muchos nodos, cuadernos de apuntes, notas sobre la pared, esque mas, maquetas, dibujos, modelos, renders: miles de imágenes del pensamiento.
Plurales son también las máquinas que se representan aquí. En ellas y a través de ellas ocurren ciertos tipos de alteraciones, se conjuntan los procesos maquínicos de captura de la luz, la producción de imágenes y su reproducción en aceleraciones variables y en dislocación. Se mienta desde allí el arraigo a la historia familiar (porque somos lo que históricamente hemos sido) y los espacios que recusan toda identidad.
También se produce el salto de cuerpos e imágenes que se encuentran en un trato circunstancial. El movimiento continuo del cuerpo que se asocia con la máquina para generar energía eléctrica y hacer aparecer imágenes, evidencia la tensión que hay en el encuentro de lo vivo y lo no-vivo, tensión que estalla con el choque eléctrico.
Si la máquina es capaz de intervención cerebral, ha de hacer que nuestra mirada del mundo sea un estado alterado. No hay relación directa entre la percepción y las cosas, y menos aún duplicación fiel del objeto en la mente de quien observa. La ejecución de estas máquinas es otra manera de hacer ver que no hay más que apariencias.
El recorrido termina. Todo lo que hay aquí es un invento y una alteración, un pasaje que reescribe la hendidura.