cultivemos nuestro jardín | colectiva
A través de la filosofia optimista de Leibniz, desde el enfoque metafórico y sarcastico de Voltaire, la exposición colectiva Il Faut Cultiver Son Jardin (cultivemos nuestro jardín) pretende hacer una escala introspectiva y critica de la labor realizada en la galería le laboratoire, a un poco más de dos años de su existencia.
La muestra cierra un primer ciclo programático de la galería, centrado en la presentación individual y/o colectiva de los artistas siguientes: Pierre Alechinsky, Karel Appel, Tomas Casademunt, Corneille, James Ensor, Jose Gonzalez Veites, Asger Jorn, Ilán Lieberman, Mario Núñez, Jorge Robelo, Mauricio Sandoval, Roberto Turnbull, Boris Viskin, Jorge Yazpik… a través de diferentes medios: pintura, escultura, foto.
Sintetizando 14 muestras realizadas – 10 individuales, 2 colectivas y 2 a connotación histórica (obra gráfica de James Ensor; Grupo Cobra), la exposicion actual reúne una obra, o un cuerpo de obras, de algunos de los artistas ya presentados en la galería, con el fin de concentrar, y de reinterpretar, el eje de trabajo construido desde mitad del año 2008.
Catalizadora del ejercicio crítico, la fórmula «cultivemos nuestro jardín» -metáfora de un Arca de Noé para rescatados aislados- y joya cómica de la prosa voltairiana, nos permite capitalizar los campos de trabajo y las líneas definidas durante ese lapso en la galería. así mismo, representa una ventana abierta al mundo, que nos invita a reflexionar sobre la situación de nuestra contemporaneidad artística, el papel desempeñado por los mismos artistas y su correlación con el contexto social actual.
Un túnel místico (alegoría del Paraiso perdido de John Milton (Inglaterra, 1608-1674), epopeya relacionada con la caída de Adán y Eva). ON P1, fotografía de Tomás Casademunt de la serie Obra Negra, nos lleva a un juego laberintico. Expansión, de Mario Núñez, sembrado intencionalmente de encrucijadas y de caminos complejos e explosivos, iconografía del pecado. en la cual uno se encuentra por haber perdido el «buen camino», símbolo de virtud.
Al igual que en La Divina Comedia de Dante (Italia, 1265-1321), nuestro recorrido nos lleva luego a descender al Infierno, escenificado por círculos concéntricos en los que eran castigados los condenados, según la gravedad de los pecados cometidos, representados ahí por tres obras de la serie Transcromía de Jorge Robelo. Uno de los últimos y más profundos círculos del Alto Infierno bien podría estar encarnado por la pintura Lodo y Rastros Humanos de Mauricio Sandoval, en una especie de geografía dantesca del castigo.
El verdadero temido viaje podría estar interpretado a través del político de 124 pequeños óleos de Boris Viskin, Sonata para una noche cíclica, simpatizando con un poema de Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986) y que toca la fibra del morir y renacer, invocando la fuerza creativa del ser humano que convive con su instinto destructivo. De la cultura prehispánica hasta las Torres Gemelas, de la tradición samurai hasta la bomba atómica, de su infancia mexicana hasta su juventud en Jerusalén, la Sonata de Viskin no pretende ser un espejo de la historia de la humanidad, sino una de sus noches, una toma larga al igual que en El Arca Rusa, de Aleksandr Sokúrov. «personificada» por un fantasma que va errante por el mundo.
El Grupo CoBrA (1948-1951) representado por la obra Poema Lambert de Corneille (Países Bajos, 1922-2010) pretendía hacer realidad sus ideales de una sociedad mejor. Rechazaban la cultura racionalista y buscaron sus modelos en formas artisticas aún no contaminadas por las normas y las convenciones occidentales, como las culturas primitivas con tótems y sus signos mágicos, el arte prehistórico y la caligrafía oriental.
La obra MV3 del artista alemán Román Lukas, representa un testimonio-homenaje de la preferencia por la espontaneidad y la violencia deliberada del «gesto artístico primero» como libertad experimental.
Tanto la fotografía Penta Ballena de la serie Biblioteca Vasconcelos de Tomás Casademunt, como la serie de dibujos El pensamiento obsesivo de un colérico de Mauricio Sandoval, son representaciones (o personificaciones) del triunfo de la Muerte. Debajo de la ciudad de Jerusalén, Dante y Virgilio, frente a la gran puerta, leen el verso siguiente: «Lasciate ogne speranza, voi ch’intrante» (*Dejen toda esperanza, Ustedes que entran”).
Deísta, Voltaire piensa que no hay intermedios entre les seres y dios. ese dios superior a la pequeñez humana, quien no puede encargarse de sus asuntos, sus cultos, sus ritos y otras cuantas supersticiones. Dicha concepción de un dios distante se puede resumir de la manera siguiente: «el universo me estorba, y no puedo considerar que ese reloj exista y que no tenga relojero». portavoz convencido del deísmo, Voltaire escribe en 1730, en su poema épico La Henriade, un himno a la gloria de dios, del geómetra universal: «Dios ha creado el mundo y ese mundo es una maravilla, porque dios es arquitecto, relojero, pragmático, es decir filósofo».
Precursor del expresionismo y del surrealismo, James Ensor (Bélgica, 1860-1949) es uno de los artistas más innovadores y vanguardistas de su época. Su obra representa un estudio casi sociológico de una comunidad en plena mutación dónde las mascaras no son más que artificios, bromas y disfraces del teatro moderno.
Comparándose con el Cristo, Ensor percibe la manera de arrastrar a sus «fieles» a seguirlo en su
universo imaginario. Realizó una serie de litografías, Escenas de la vida de Cristo, representando distintos momentos importantes de la vida de Cristo, desde la Anunciación hasta la Crucifixión y la Resurrección. Autodefinido como profeta del arte moderno, Ensor nos entrega el rostro de sus contemporáneos en el espejo implacable de su ironía.
La obra La catedral (1886) representa una catedral imaginaria, compuesta por diferentes partes de catedrales existentes (Aix-la-Chapelle, Viena) a cuyos pies parece moverse, o más bien aglutinarse, una multitud de seres humanos. Mediante un trazo denso y rebuscado, Ensor quiso oponer el tropel a la catedral; la modernidad de la muchedumbre (con sus pancartas y banderines) al carácter austero y medieval de la catedral.
El lote de 11 litografías (que incluye entre otras obras, La masacre de los inocentes, La subida al calvario, El descenso de la cruz, La Ascensión, así como la catedral imaginaria, uno de los grabados más importantes del artista belga, nos abren las puertas del mundo del «gran pintor esqueleta«, cuyas resonancias mexicanas están plasmadas en obras de artistas locales recién realizadas en el taller de grabados de Roberto Turnbull: José Luis Sánchez Rull, a través de un grabado inspirado en los Proverbios del Infierno de William Blake (Inglaterra, 1757-1827); Germán Venegas, con un grabado de la divinidad mexica Coatlicue, diosa terrestre de la vida y de la muerte; y Roberto Turbull, con un grabado inspirado en una obra cadavérica del artista holandés Hércules Seghers (1589-1638).
Los sonidos electroacústicos, titulados «El jardín de Rappaccini«, de Manuel Rocha Iturbide, Miguel Hernández y Guillermo Acevedo han sido creados con motivo de la presentación de la obra teatral «La hija de Rappaccini» dirigida por Antonio Castro, e inspirada en el libro homónimo de Octavio Paz (México, 1914-1998), adaptación de un cuento de Nathaniel Hawthorne (Estados Unidos, 1804-1864) y de un poema del hindú Vishakadatta (siglo IX).
Enmarcan la historia de un enigmático jardín, evocador del paraíso terrenal, dónde el dueño, el doctor Rappaccini, ha cultivado y creado una serie de plantas que producen diferentes tipos de veneno.
Deambula y flota por ese jardín su hija, la bella y joven Beatriz, flor que ha integrado en ella, en su carne y en su aliento, todo el veneno de las plantas que cuida y acaricia todos los días. A ese jardín llegan a menudo moscas e abejas atraídas por la humedad y el perfume de las flores, pero en cuanto se acercan a Beatriz caen fulminadas…
El collage Jardín de José González Veites, última parada del periplo y representación del último de los tres espacios narrativos de Cándido _el Castillo como extensión del paraíso terrenal; El dorado como lugar mítico e utópico; el Jardín como significante de una sociedad más realista_, representa la imagen metafórica de que ni Dios ni el mundo en el cual vivimos sean tan perfectos como lo predicaba el maestro Pangloss. Cultivar su propio jardín, tal parece ser el único destino sabio de una epopeya del desencanto y de la fatalidad.