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Todo territorio tiene límites; delimitaciones que le dan forma y por lo que es reconocible frente a otros, en ocasiones se amplia o se retrae, según sea su poder. También puede encerrase en sí mismo o abrirse según convenga a los intereses políticos, económicos, religiosos, de clase o sociales que sus habitantes le otorguen. Los Estados, las colonias, los ghettos, las familias son territorios resguardados por identidades diversas que pueden o no estar de acuerdo con establecer intercambios con otros. Hoy la migración de millones de personas es un desplazamiento forzoso en el que muchas veces se tienen que cruzar diferentes territorios divididos de maneras diversas; muros, vallas, avenidas, cercas, mojoneras, garitas, desiertos, así estos instrumentos fronterizos unen y separan  dos o más espacios que se conciben diferentes, que se establecen como alteridades frente a frente, se trata de la paradoja: “tan lejos y tan cerca”. Es una diferencia que no existe entre los de un lado y los del otro. ¿Qué nos divide? El color de piel, el acento con el que hablamos, el idioma, la clase social, la preferencia sexual, la nacionalidad, el pasaporte. ¿Cuáles son nuestros límites, nuestras fronteras? ¿Qué formas, materiales, ideas, entonaciones o prácticas establecen el perímetro de los territorios más allá de una geografía política? ¿Cómo establecer otras conformaciones sociales para poner en crisis la idea moderna de frontera, del límite del territorio?  Y para esto, cómo se articulan las formas de control y vigilancia para resguardar estos límites que creemos nos dan seguridad frente al otro que siempre concebimos más diferente de lo que en realidad es. Cámaras de video se multiplican en los edificios, bancos, centros comerciales  y avenidas, plantas panópticas que permiten observar los movimientos de los demás  desde un centro que funciona como gran ojo de poder. Cómo escapar de estos sistemas que nos aprisionan cuando al mismo tiempo somos parte de ellos. Hay posibilidad de crear formas de discutir estas circunstancias que incomodan y dan seguridad a algunos.

Gabriela Gutiérrez reflexiona en torno a esto a partir de la compartimentación del espacio con una malla de cabello humano que fue tejiéndose por diversos participantes en un encuentro donde al realizar este trabajo intercambiaban conocimiento y experiencias. Crea límites para evidenciarlos aún más, lugares en donde se dialoga construyendo una frontera que es al mismo tiempo un nodo de dialogo y reflexión.

Un proyecto en donde la participación y el resultado de esto nos lleva a pensar sobre el cómo articulamos nuestras diferencias  y las posibles formas de convivir, no debajo de un vigilante constante que además de prometer seguridad se entromete en lo cotidiano para conocer todo lo que se refiera a nosotros. Esta instalación es un comentario directo a los sistemas del poder que nos divide y vigila casi siempre con nuestro consentimiento.

Edgardo Ganado Kim

 

Un cerco no es un cerco más: puede ser un cerco menos. La conciencia del cercado define su propio límite. La horizontalidad del cerco de pelo propuesto ahora por Gabriela Gutiérrez Ovalle en “Proyecto cerco” es una espiral tendida. Su estar contra el suelo indica todavía la dependencia del cercado de lo que lo surca. Todavía es posible rebatir la huella mediante la conciencia. Ese cerco se abstrae mediante un tejido comunitario que, salido de su estar cercado, construye su estructura. Era necesario construir la figura de lo que actúa sin figura, lo que actúa “entre”, lo que permea o anticipa, mediante la puerta abierta de la aceptación generalizada que constituye todavía la mayoría social, el recibimiento, la casi bienvenida dada por un cuerpo social controlado a los propios mecanismos de su control.

El cerco se abre a la escucha, el sonido testifica. El cerco se abre a la mirada: el video comenta. Los dos envíos proyectan a la estructura de la obra fuera de sí, descercan o desertan del cercado para volver a señalarlo. La paradoja: el cerco señala su afuera como posibilidad de ser evidenciado. Contra-comunicación mediática: los medios actúan al revés, protegiendo sus mecanismos de operación con un entramado de afueras que se subdividen en capas y capas emisoras. Gutiérrez Ovalle, en la tradición de la ironía que pone al descubierto los modos de construcción de la obra, revela, muestra, señala. A control de hecho, cerco descubierto.

Eduardo Milán

 

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En la exposición “Horizonte Límite”,se presenta una malla de 25 metros tejidos con cabello humano, así como el registro de este work in progress iniciado en 2009. Museo de la Ciudad, con el apoyo del Instituto Querétaro de la Cultura y las Artes.

Históricamente el cabello ha sido objeto de mitos en diferentes culturas, además, en él puede encontrarse la “esencia” de cada individuo ya que éste contiene su código genético. En su uso artístico, este controvertido material puede despertar toda una gama de interpretaciones distintas al estar plagado de una fuerte carga simbólica.

Bajo esta premisa y tomando como soporte la idea del tejido en colectivo en una sociedad moderna, la artista mexicana Gabriela Gutiérrez Ovalle presenta la muestra Horizonte Límite que es una segunda lectura al planteo inicial titulado Proyecto Cerco, presentado hace un año en la Galería Espacio Alternativo del Centro Nacional de las Artes, México D.F.

En esta exposición, Gutiérrez Ovalle presenta una instalación que asume la forma de un cerco  realizado con una estructura de metal y una malla de 2 x 25 metros tejida con cabello humano, como parte de un work in progress que inició hace tres años.

 Presentada como iniciativa itinerante en julio de 2009 bajo el nombre de Gran Animal II: tejido colectivo de pelo humano, se invitaba al público de centros culturales como el Museo Ex Teresa Arte Actual,  Galería La Refaccionaria, Casa Vecina, el Museo de la Ciudad de México y La Quiñonera (además de convocar a tejedoras en zonas aledañas a la ciudad de México) a sesiones colectivas de tejido.