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Gran Animal

Rústico, primitivo, salvaje, femenino, animal, serían algunas palabras que giran en torno a esta pieza. También la idea de una forma que brinda unidad a un grupo no identificable de personas. Colectividad, pero no necesariamente ideológica sino un grupo de personas que por azar constituyen una unidad, un cuerpo social, un manto social hecho a base de lo que de animal tenemos todos: El pelaje. Ese entretejido, producto o desecho que cuelga de nuestros cuerpos, que a veces sirve para cubrir del frío, proteger de la intemperie, seducir al sexo opuesto, retar al contrincante, percibir el exterior, sentir el viento por ejemplo, prolongar nuestra existencia después de muertos un poco más, escribir signos, murmurar pensamientos, entretejer ideas, silencios y tiempo.

Esta masa de pelo entremetido en esta red es la representación de un manto social inconciente pero que mantiene un difícil equilibrio de frágiles contactos, lazos que le permiten no desintegrarse. Un entramado complejo y sutil incapaz de modificar por sí mismo su condición debido justamente a que no es conciente de la realidad que le contiene.

Ese primitivismo del cual aparentemente nos distanciamos pero al que nos precipitamos una y otra vez. Hablo de una característica intrínseca al ser humano: ese instinto primigenio por la supervivencia, que lo convierte en un ser violento, y que ahora sólo ha alcanzado maneras más sofisticadas para expresarlo.

Anteponemos objetos y tecnología en un afán de amurallar la frustración de no poder ser, de corretear diariamente un deseo ajeno, de la inminencia de la muerte, del vacío que se abre al salir de la muralla y encontrarnos desnudos. De la impotencia de no poder hacer gran cosa para encausar un sentido en otra dirección. De sentirnos presas de esta avalancha sin nombre ni cara precisa, móvil y ligera que lo toma todo y que esta en todas partes. Nuestro verdadero dios en esta tierra:

“El gran capital” opuesto a este “gran animal” cargado con sus sueños indefinidos, sus existencias que no importan, sus lastres. “Gasto social”. Así se le llama. “Mueren x tantos ecuatorianos, otros tantos más mexicanos, chilenos, paraguayos. Bombardeo de Colombia contra miembros de la FARC. Se encuentra cuerpo decapitado, posible acción del “narco”. 33 cráneos encontrados en un jardín de ciudad Juárez. Hambruna en Sudáfrica, hambruna en Latino América. Musulmanes desposeídos por los bombardeos buscan refugio. Migraciones, migraciones. Dos enamorados disfrutan del último día de paz en Bagdad ante el inminente ataque norte americano.

En ese afán, hemos descubierto que nuestra crueldad no tiene límites.

Hacemos la guerra con grandes armas nucleares, desarrollamos niveles de tecnología quirúrgicamente perfectos. Muchas veces el arte ya no pasa por el pulso de las manos de su autor. Se perfecciona, se limpia se pule. Pero siempre y de fondo está la constante del juego cruel del más fuerte sobre el débil. La lucha por el poder de quién es quién ejerce el control, de qué animal domina a la especie, o en su defecto un territorio, un oficio, controla los energéticos, impone una forma de vida. Cuál es el más voraz. El que siempre será el “Gran solitario Vencedor”. Son todos estos restos indiferenciados, ya tan solo su pelaje, los que me devuelven la memoria del horror.

Esta desolación, esta impotencia es la que me lleva a querer imaginar ser cubierta por este gran manto nocturno, este mar y su pelaje como quien se arropa antes de dormir. Una colcha materna. Aquella que mi abuela tejió y su madre y su abuela.
Tantas veces hemos usado el pelaje de otros animales. Me pregunto porqué nunca pensamos en utilizar el propio, el de nuestra especie. Tatuar esa escritura indeleblemente.

 

Gabriela Gutiérrez
Abril del 2008, Mérida, España

 

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La fragilidad como fortaleza

Son muchas las imágenes en la cultura occidental donde las labores femeninas como el bordado y el tejido tienen un papel protagónico, quisiéramos solamente seleccionar algunas que denotan elementos arquetípicos y simbólicos fundamentales como son el tapiz que teje y desteje la paciente Penélope durante diez años para esperar a Ulises o el trágico destino de Aracne, castigada por su soberbia. Las artistas contemporáneas se parecen mucho a estas dos mujeres, la paciencia para crear una obra y esperar, a veces, muchos años para ser reconocidas y en el peor de los casos ser castigadas por retar un sistema que privilegia la creación hecha por hombres.

Gabriela Gutiérrez ha optado por un camino intermedio. De inicio, fue pintora pero la vida y el taller generan siempre mecanismos para investigar nuevos procesos para descifrar la fragilidad. Esta exposición surge de dos propósitos: El primero es el trabajo con dibujos, mapas imaginarios hechos a base de pieles de animales y pinturas intervenidas; el segundo, viene de una intensa exploración en el uso del cabello sobre diferentes soportes. Ahora, la artista ha seleccionado este último material como agente motor de conducción de su energía.

Partamos del momento más íntimo y a la vez el más fuerte: Gran Animal es un nuevo mapamundi en el territorio inexplorado. A mitad de camino entre pintura, escultura, víscera abierta en canal, velo sagrado, ofrenda sacrificial, la obra niega cualquier condición de posible identificación de qué es. Nos atrae y nos repele. Nos remite a dos momentos difíciles: cuán cerca estamos de las cavernas en las que dibujábamos hace unos miles de años y el futuro gutural no muy lejano al que galopamos en loca carrera. La pieza es el espejo de humo negro de Tezcatlipoca, donde podemos vernos y cobijarnos.
Gabriela Gutiérrez se atreve así a sugerir que es en la fragilidad del material, del discurso plástico donde encontraremos la fortaleza de encarar las nuevas preguntas. Veamos esa escultura, otra vez, una pieza de expiación: Vestido de pelo es inquietante. Vestido materno, cotidiano, vestido que se transforma en una oblación al reunir esos pelos. Si la imagen de Coatlicue, que vemos en los museos, es aterradora es porque es el arquetipo que se repite una y otra vez en las imágenes de otras Diosas. Muchas de las obras sugieren un erotismo primitivo y abrasador donde el único cobijo son estos hilados de cabellos para resistir a la intemperie.

Vaca fragmentada es otro momento inconmensurable. Cartografía, escultura bidimensional, ritual, transición de la caverna sedentaria a la búsqueda de lugares más abundantes, memoria, nos guiña para que nos acerquemos y veamos que no hay peligro. Pero las lascas de las demás obras nos indican que debemos guardar nuestra distancia, que los dibujos hechos con pelo, los óleos de técnica mixta hablan de noches de adivinadoras que leen el mundo y sus destinos. Platón fue el último convidado a una noche semejante. Y sin embargo, la intención de Gabriela Gutiérrez es mucho más sutil y claro: sus obras son bitácoras para llegar a la luz, a la epifanía en la mitad de la obscuridad. El sonido tenue de sus piezas nos permite salir del laberinto con nuevas preguntas para volver a empezar.

 

Carlos Aranda Márquez
Tlalpan, México, 1º de marzo del 2008